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FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

11 de Junio de 2017

Domingo 11 de junio del 2017  – Salta, Santuario del Señor de Sumalao

Homilía

 

 

 

 

La Fiesta del Sumalao se celebra siempre el día de la Santísima Trinidad, ocho semanas después de la Pascua. Siempre nos acompaña la luna llena, que es el signo de la luz, de nuestra fe que mira a Dios.

 

Dios ha manifestado su amor, ha manifestado que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, sobre todo en la Cruz y en la Resurrección. Este día, en el Sumalao, es una hermosa oportunidad para agradecer a Dios, porque nosotros no estamos tirados, como si fuera una piedra o lanzados por ahí sin sentido en la vida, ¡no!. Somos hijos de Dios y eso lo contemplamos y lo descubrimos en la Cruz.

 

I

 

Hoy, día de la Santísima Trinidad, día del Señor del Sumalao, estamos llamados a mirar al Señor, en Su imagen bendita. Se trata de un cuadro conocido en muchos lugares de nuestra América, como el Señor de Vilques. Aquí lo llamamos Señor de Sumalao. En este lugar la gente intercambiaba, trayendo los animales desde el sur, de Santa Fe, para venderlos acá, principalmente a la gente de Potosí. Desde el norte traían minerales, telas de Lima y… trajeron  esta imagen bendita del Señor de Vilques, que se llamo desde entonces Señor del Sumalao. Él quiso quedarse aquí.

 

Poco a poco la gente fue viniendo a honrarlo. Hoy somos nosotros los peregrinos, los que venimos aquí. Todos nos sentimos ligados al Señor, porque Él nos ha dado algo que le hemos pedido. Aquí  aprendimos de nuestros padres a querer al Señor del Sumalao. Para muchos ésta es la gran fiesta en el año. En Salta, vivimos dos tiempos, la Fiesta del Señor del Sumalao y después la Fiesta del Señor y de la Virgen del Milagro, en septiembre. Aquí nos sumergimos desde el invierno en el corazón de Dios como en nuestra casa y lo celebraremos, ya explotando la primavera, en el Milagro de septiembre. 

 

Todos le traemos una súplica, un pedido o una gratitud. Todos traemos la necesidad de sabernos perdonados y nos adelantamos y acercamos a Él. Permítanme pedirles que hoy nos acerquemos más todavía, nos miremos y nos dejemos mirar por Él. La Cruz es también un libro a través del cual nos habla Dios.  ¿Queremos saber quién es Dios? Arrimémonos a la Cruz. En Ella descubrimos no solamente ¿quién es Dios; también descubrimos quiénes somos nosotros.

 

Muchas veces creemos que el ideal de la persona humana son las personas que aparecen en la televisión, con hermosos cuerpos, exitosos, con  dinero, malhablada y sin limites pero, todo eso pasa, se marchita. Por eso siempre es bueno volver a quien nos dice la verdad, y nadie más que Jesús nos dice la verdad acerca de nosotros mismos. Los otros pueden mentir, pueden aparecer, pueden producirse; pero, Cristo no, él no esta producido. La imagen de la Cruz, es la imagen de su sufrimiento, pero también es la imagen de su amor; por eso decimos que es un libro. Yo quiero saber quién es Dios, miro la Cruz. Yo quiero saber quién soy yo, miro la Cruz. En esta mañana, yo los invito a mirar al Señor y decirle: “Señor, muéstrame quién eres tú, Señor, muéstrame quién soy yo”. Hagámosle estas preguntas.

 

II

 

En la Cruz aparece el Padre ¡Si!. El que está en la Cruz lo está porque nos lo entregó el Padre. En la Biblia se habla de Abraham, nuestro padre en la fe y a quien  Dios le pidió que le diera su hijo, y él le iba a entregar a Isaac. Cuando lo estaba por matar, el ángel lo detiene y le dice que no lo mate, que ya ve que es un hombre de fe, que se quede tranquilo, porque su hijo vivirá. El Padre Dios, sin embargo, nos entrega a Jesús.

 

Mirando el cuadro del Señor del Sumalao, veía sus costillas marcadas y es como si fueran las manos las Padre diciendo: “Te lo entrego”.  ¡Cuánto amor tiene Dios Padre por cada uno de nosotros, que nos entrega a su Hijo!. Nosotros le podemos fallar, nos podemos olvidar, podemos hacer macanas; somos pecadores;  pero Dios se ha jugado definitivamente por nosotros como Padre, dándonos a su Hijo. Que la contemplación de su  Hijo, del Señor del Sumalao nos impulse a decirle:“¡Gracias Dios por ser mi Padre, por quererme tanto, por entregar a Jesús por mí!”.

 

Ahí aparece el amor del Hijo. Él nos dice en el Evangelio: “Nadie me quita la vida, yo la doy”. Jesús es el hombre libre, cuya libertad no la usa para hacer el mal, sino es la libertad que ama y entrega, que da la vida por nosotros. “De su costado abierto nace la sangre y el agua”, nos dice Juan. De ahí nacemos nosotros, de la sangre de la Eucaristía y del agua del bautismo. ¡Si nos diéramos cuenta del hermano que tenemos en Jesús! ¡Si nos dejáramos amar por Él!

 

El Padre nos ama, el Hijo nos ama y con ese amor que nos tiene el Padre y el Hijo nos entregan el Espíritu Santo, que es su propio Aliento, Aliento la vida. Cuando nosotros estamos cansados decimos: “No tengo aliento”; y, cuando estamos con ganas de hacer cosas decimos: “Tengo aliento para trabajar, para estudiar, para conversar, para dar una mano, para tener una iniciativa”. El Aliento de Dios es el Espíritu Santo.  Nos dice el Evangelio que Jesús, inclinando la cabeza, entregó su Espíritu.  Hoy, en el día de la Trinidad y contemplando el Señor del Sumalao podemos recibir el Espíritu que nos alienta para el bien. El cansancio y la tristeza nos hace hacen cometer errores y pecados y cuando anidan en el corazón, lo hacen malo hasta debilitarnos para hacer el bien: usamos a los demás, somos violentos, destruimos a las familias, robamos, mentimos, creamos división y eso trae aparejado la muerte. El Espíritu de Jesús, en cambio, trae vida, comunión, ganas de vivir, de hacer el bien, nos hace capaces de perdonar y empezar de nuevo. Jesús, desde la Cruz y desde su Resurrección nos da el Espíritu Santo, que el Señor sopla sobre los apóstoles diciéndoles: “Reciban el Espíritu Santo”. Hoy, el día de la Santísima Trinidad, contemplando al Señor del Sumalao, pidámosle que nos permita recibir a su Espíritu, que nos de su Espíritu para partir de aquí con el aliento para hacer algo bueno. Tenemos muchos defectos, pero podemos hacer el bien, porque Dios nos da su aliento. 

 

¡Gracias Dios por ser mi Padre, padre bueno, padre de amor; te veo en el cuerpo, en los ojos, en la persona de tu Hijo. Gracias Jesús por amarnos y hacernos hermanos entre nosotros. Gracias Espíritu Santo por ser nuestro aliento.  Que en la Misa, nuestro pensamiento vuelva siempre al Señor del Sumalao.

 

III

 

La segunda pregunta era ¿Quién soy yo? Mirando al Señor, sé que tengo un Padre. ¿Vivo como un hijo o como un esclavo? ¿Soy capaz de hacer el bien o no? En la vida ¿para que estoy?  Un hijo en la casa sabe que tiene que aportar; no es un parasito. Un hijo ama a su padre, ama a su madre y procura la felicidad de su familia, de sus hermanos. Un hijo no calcula lo que hace, lo hace con entusiasmo. Hoy nosotros todo lo medimos por el dinero y hemos perdido la alegría de ser hijos de Dios.  Contemplando a Jesús, nos contemplamos hijos. Él se mostró como Hijo, Él nos habló del Padre, él nos enseño a rezar el Padrenuestro. Soy hijo, no puedo vivir arrastrado como un esclavo. No puedo vivir siempre esclavo de mis pasiones como un animal. Soy hijo, aunque nadie me vea y esté en medio del campo. Soy hijo de Dios.  ¿Quién soy yo? Un hijo de Dios. Y aunque no me he comportado como un hijo de Dios, hoy puedo empezar.

 

Miramos a Jesús y descubrimos que estamos llamados a hacer el bien. Jesús hizo el bien. De Jesús se decía que: “pasó haciendo el bien”.  No puedo caracterizarme por ser tramposo, mentiroso, injusto, ladrón, no. Yo soy un discípulo de Jesús, soy un cristiano. Yo tengo que salir con las ganas de ser un poco mejor. El sendero que me traza el Señor es hacer el bien en la familia, en la comunidad. Yo soy un hermano de Cristo, un discípulo suyo. Debo mirarlo abierto al Espíritu Santo que me da Jesús. Yo no puedo ser alguien que se arrastra, que no hace nada y que solamente entorpece. Tengo que ser alguien que alienta a los demás a hacer el bien.   Tengo que ser alguien en la casa que sea un motivo para querer vivir. Hay hijos, esposos, esposas que lo único que hacen es quejarse y poner trabas; se creen perfectos y hacen la vida imposible a los demás; eso no es de buen cristiano ni de discípulo de Jesús. ¿Quién soy yo? Alguien alentado por el Espíritu a  ser aliento para los demás

 

IV

 

¿Quién eres tu Señor? Eres mi Padre, eres mi Hermano y  mi Salvador, eres mi Aliento y mi Vida. ¿Quién soy yo? Hijo del Padre y hermano de Jesús, llamado a hacer el bien, llamado a sembrar unidad, a perdonar. Nos falta mucho Señor, pero al mirarte, te pido que tus ojos me miren a mí y me den aliento para salir de esta Fiesta del Sumalao siendo un poco mejor; para que siembre el bien en mi familia, para que siembre el bien en mi trabajo, con mis amigos, en mi sociedad, en esta Argentina que necesita que seamos mejores. En esta Fiesta del Sumalao celebremos la Eucaristía conscientes de que estamos comiendo en la mesa con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Traigamos todo lo que tenemos, lo bueno y lo malo, se lo ofrecemos al Señor.  Lo bueno, para que nos haga mejores; lo malo, para que nos perdone y nos lo quite.  Entonces la Fiesta valdrá la pena y este lugar de encuentro y de intercambio de bienes, será un lugar de  encuentro y de intercambio entre los argentinos que quieren una patria mejor. El invierno ya va a empezar y uno comienza a esperar la primavera. En el invierno uno está más tiempo en la casa y tiene más oportunidades para hablar con la familia. Que el Sumalao sea la fiesta del encuentro que nos prepare para el encuentro con el Señor y con la Virgen del Milagro. 

 

Guardemos un momento de silencio y preguntémonos una vez más: ¿Quién eres tú Señor? ¿Qué lugar ocupas en mi vida? ¿Quién soy yo? ¡Gracias por hacerme tu hijo!.

 

 

 

+ Mario Cargnello

 

Arzobispo de Salta 



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