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ORACIÓN[1]

“Orar, oración”, vienen del latín “orare”, hablar, decir, y “oratio”, palabra, discurso, súplica, que a su vez vienen de “os, oris”, boca. Significa la palabra que dirigimos a Dios, alabándole o suplicándole.

En el Catecismo de la Iglesia católica, en su cuarta parte (CCE 2558 - 2856) encontramos el mejor tratado sobre la oración cristiana, a la que ya desde el principio describe como “una relación viviente y personal con Dios vivo y verdadero” (CCE 2558). Este tratado dedica una primera sección a “la oración en la vida cristiana”, y una segunda a “la oración del Señor, el Padre nuestro”. En cuanto a la oración litúrgica de la Horas, la mejor introducción sigue siendo la del mismo libro de la Liturgia de las Horas (IGLH), de 1971.

El verdadero orante es Cristo Jesús: no sólo durante su vida terrena, tal como aparece en los evangelios (lo presentan bien IGLH 3 – 4 y CCE 2598 – 2616), sino ahora, como Señor Glorioso: él alaba al Padre e intercede por la humanidad. Nosotros nos unimos a su oración. Esta oración, tanto la de Cristo como la de su comunidad, es movida por el Espíritu Santo. Se sigue cumpliendo lo que dijo san Pablo: nosotros no sabemos orar, pero el Espíritu ora con nosotros y nos mueve a decir desde el fondo de nuestro ser: Abbá, Padre (cf. Rm 8, 15 - 26).

La oración cristiana, además de personal, es también eclesial: y, aparte de la Eucaristía y los demás sacramentos, la oración eclesial por excelencia es la Oración o la Liturgia de las Horas, en la que de moso privilegiado participamos de la oración de Cristo Sacerdote (cf. IGLH 1 – 19).

En un sentido concreto, cuando hablamos de oraciones de la misa, nos referimos ante todo a las que el sacerdote recita en su calidad de presidente en nombre de toda la comunidad: la oración colecta (o “del día”), la oración conclusiva de la oración universal o de los fieles, la oración sobre las ofrendas, la oración después de la comunión (o poscomunión) y la oración sobre el pueblo antes de la bendición final. Hay otra oración del presidente que tiene todavía más importancia, la “Plegaria Eucarística”. “Estas oraciones las dirige a Dios el sacerdote, que preside a la asamblea representando a Cristo, en nombre de todo el pueblo santo de todos los circunstantes” (IGMR 10).

Hay oraciones que el sacerdote no dice en nombre de toda la comunidad, sino “a título personal, para poder cumplir con su ministerio con mayor atención y piedad: estas oraciones se dicen en secreto” (IGMR 13). De las muchas que se habían añadido en la Eucaristía a lo largo de los siglos (por ejemplo, las oraciones mientras se revestía en la sacristía, o las que decía con el monaguillo al pie del altar, etc.), han quedado todavía algunas: por ejemplo antes de proclamar el evangelio, o mientras se lava las manos, o se prepara para la comunión, etc.

También la comunidad entera interviene recitando oraciones: el acto penitencial, con sus invocaciones; la letanía de la oración universal o “de los fieles”; el Padrenuestro; los salmos; las preces de Laudes y Vísperas… Hasta que se ha establecido la oración universal, este género de oración se conserva todavía el Viernes Santo: ese día se llamaba “oraciones solemnes”.


[1] José Aldazábal, Vocabulario Básico de Liturgia, biblioteca litúrgica 3, Barcelona 2002³.

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