MISTERIO PASCUAL
El Misterio Pascual de Cristo, tanto en su hecho
histórico, hace dos mil años, como en su permanencia
viva en el Señor Resucitado y en su comunicación a la Iglesia a través sobre todo
de la celebración sacramental, es la realidad básica
de toda la liturgia y de toda la vida cristiana. Es
una de las convicciones que más claramente formuló
el Concilio Vaticano II.
“La redención humana y la perfecta glorificación de
Dios, Cristo la realizó principalmente por el
Misterio Pascual” (SC 5). “Por el Bautismo los
hombres son injertados en el Misterio Pascual de
Jesucristo… La Iglesia nunca ha dejado de
reunirse para celebrar el Misterio Pascual, leyendo
lo que se refiere a él en toda
la Escritura, celebrando
la Eucaristía, en el cual se hace
de nuevo presente la victoria y el triunfo de su
muerte” (SC 6).
Todo, en la liturgia y en la vida cristiana, queda
iluminado y recibe pleno sentido desde este Misterio
Pascual de Cristo, siempre presente a nosotros:
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En los sacramentos: “la liturgia de los sacramentos
y de los sacramentales hace que, en los fieles bien
dispuestos, casi todos los actos de la vida sean
santificados por la gracia divina que emana del
Misterio Pascual de Cristo, del cual todos los
sacramentos y sacramentales reciben su poder” (SC
61).
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En el Año Litúrgico: el Motu Proprio con que Pablo
VI aprobó en 1969 el nuevo Calendario Romano lo
tituló expresamente “Mysterii Pashalis”, porque,
como él mismo afirma, “la celebración del Misterio
Pascual tiene la máxima importancia en el culto
cristiano y se explicita a los largo de los días,
las semanas y el curso de todo el año: de ahí se
desprende la necesidad de poner a plena luz el
Misterio Pascual de Cristo en la reforma del año
litúrgico”; de ahí que se destaque en el año
litúrgico el Triduo Pascual como momento culminante:
“ya que Jesucristo ha cumplido la obra de la
redención de los hombres y de la glorificación
perfecta de Dios principalmente por su Misterio
Pascual, el Triduo Santo Pascual de la Pasión y Resurrección del Señor es el punto
culminante de todo el año litúrgico” (UN 18); el
mismo punto de referencia tienen las fiestas de los
Santos y de la Virgen, “porque al celebrar el tránsito de los
santos de este mundo al cielo,
la Iglesia proclama el Misterio
Pascual cumplido en ellos” (SC 104); así como, cada
semana, el domingo: “la Iglesia celebra el Misterio Pascual cada ocho días
en el día que es llamado con razón día del Señor”
(SC 106).
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Del mismo modo queda llena de contenido por el
Misterio Pascual la celebración de
la Liturgia
de las Horas y toda otra experiencia personal o
comunitaria de oración o devoción.
Cuando Juan Pablo II, en 1988, quiso destacar los
“principios directivos de
la Constitución” a los 25 años de
su aprobación, no dudó en poner como primero de
ellos “la actualización del Misterio Pascual de
Cristo en la liturgia de
la Iglesia” (VQA 6).
Pero como la finalidad de la liturgia es la vida
cristiana, y la vida cristiana se impregna también
de la vida pascual de Cristo, se nos recuerda ya
desde la primera Instrucción que apareció después
del Concilio que “la razón de ser de esta acción
pastoral centrada en la liturgia es hacer que se
traduzca en la vida el Misterio Pascual” (“ut
mysterium paschale viviendo exprimatur”: “Inter
oecumenici” n. 6, año 1964).
En el Catecismo de la Iglesia Católica toda la
presentación de la vida litúrgica y sacramental se
hace desde esta perspectiva. En la primera sección
de la 2ª parte, el enfoque es claro: “el Misterio
Pascual en el tiempo de
la Iglesia” (CCE 1077 ss). Lo que
Cristo realizó hace dos mil años en Jerusalén, ahora
permanece en El y por se Espíritu lo actualiza en el
tiempo de la Iglesia, sobre todo por
medio de los sacramentos. A las liturgia la llama
“la celebración sacramental del Misterio Pascual”
(CCE 1135 ss). Y afirma que “en la Liturgia de la Iglesia, Cristo significa y
realiza principalmente su Misterio Pascual” (CCE
1985).
José Aldazábal,
Vocabulario Básico de Liturgia,
biblioteca litúrgica 3, Barcelona 2002³.
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