Luz
También
en nuestra civilización de la luz artificial sigue
teniendo la luz una gran pedagogía y
simbolismo: la luz de unas velas o una
lámpara, aún cuando no hiciera falta para ver, puede
significar muy expresivamente la fiesta, la
atención, el respeto, la oración, la presencia de lo
invisible, la felicidad, el paso a una nueva
existencia iluminada por Cristo. Por eso ponemos una
lámpara ante el sagrario, y unas velas encendidas en
la mesa donde celebramos la Eucaristía, o ante la
imagen de del Cristo o de
la Virgen o de un santo, para
expresar nuestra fe, nuestro amor y nuestra
petición.
A lo largo del año hay días en que este
simbolismo tiene particular relieve. En la Noche Pascual
celebramos con el simbolismo de la luz la
resurrección de Cristo y nuestro paso de las
tinieblas del pecado a la vida en Cristo. El Cirio
Pascual, encendido en todas las celebraciones de
la Cincuentena, será un
recordatorio del motivo de nuestra fiesta principal.
Pero también celebramos ayudados por este simbolismo
de la luz de
la Epifanía
del señor (la luz de la estrella), la Presentación del Señor (la popular fiesta de la Candelaria, por las
palabras de Simeón, “luz para alumbrar a las
naciones”), la dedicación de las Iglesias, el día
del bautismo y el de las exequias, en que se
enciende el cirio Pascual, al principio y al final
de nuestro camino cristiano.
Este simbolismo de la luz nos hace llamar a
Cristo “oh luz gozosa”, como lo hace un himno de las
primeras generaciones. Queremos participar de esa
luz, porque él es, como se nos presento en el
evangelio, la luz del mundo, la manifestación de
la Luz del mismo Dios, y el que
camina en él no camina en tinieblas. Además estamos
destinados a vivir como “hijos de la luz”: en la
verdad, en el amor y en la felicidad.
José Aldazábal,
Vocabulario Básico de Liturgia,
biblioteca litúrgica 3, Barcelona 2002³.
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