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CUARESMA[1]

 Cuaresma viene de latín “quadragesima dies”, el día cuadragésimo antes de Pascua. Es el tiempo de preparación “por el que se asciende al monte santo de la Pascua”, como lo describe el Ceremonial de Obispos (CE 249)- empieza el miércoles de ceniza y concluye el Jueves Santo por la tarde, antes de la Misa Vespertina de la Cena del Señor, con la que se inaugura el Triduo Pascual.

La Cuaresma se organizó a partir del siglo IV. Su historia anterior no está muy aclarada. Parece ser que el germen original fue el ayuno pascual de dos días, el Viernes y Sábado antes del Domingo de Resurrección, espacio que poco a poco se alargó a una semana, luego a tres, y según las diversas regiones, sobre todo en las de Oriente, como Egipto, hasta las seis semanas o cuarenta días. En Roma ya estaba constituida la Cuaresma entre el año 350 y 380.

A la hora de dar sentido a este período como preparación a la Pascua, influyó ciertamente el símbolo bíblico del número cuarenta: los episodios de los cuarentas días del diluvio antes de la alianza con Noé, de Moisés y sus cuarenta días en el monte, del pueblo de Israel y sus cuarenta años por el desierto, de Elías caminando cuarenta días hacia el monte del encuentro con Dios, y sobre todo los cuarenta días de Jesús en el desierto antes de empezar su misión mesiánica, tienen de común que este espacio de tiempo sirve de prueba, purificación y preparación de un acontecimiento importante y salvador. “La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al misterio de Jesús en el desierto” (CCE 540).

La Cuaresma comenzaba originariamente en domingo. Pero más tarde – siglos VI - VII – se acentúo como característica determinante el ayuno, y como los domingos no se ayunaba, se adelantó su inicio al miércoles anterior al primer domingo, el que luego se llamó de ceniza, para que a la Pascua le precedieran cuarenta días de ayuno efectivo. Y todavía se fue anticipando más la preparación con los domingos de Quincuagésima, Sexagésima y Septuagésima, que en la última reforma han quedado suprimidos.

En la liturgia hispano – mozárabe la Cuaresma empieza en el primer domingo con una festiva despedida del Aleluya. La segunda parte, que comienza en el tercer domingo, recibe el nombre de “De Traditione” (La Pasión).

En este contexto de Cuaresma tenía lugar la última etapa del catecumenado: los que se preparaban para bautizarse en la noche pascual, tenían, en estas semanas anteriores, reunidos de oración, escrutinios y exorcismos.

El Concilio Vaticano II encargó expresamente que se acentuaran de la Cuaresma su carácter bautismal y penitencial, “puesto que el tiempo cuaresmal prepara a los fieles, entregados más intensamente a oír la Palabra de Dios y a la oración, para que celebren el misterio pascual, sobre todo mediante el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la penitencia” (SC 109). Ahora “la liturgia cuaresmal prepara para la celebración del misterio pascual tanto a los catecúmenos, haciéndolos pasar por los diversos grados de la iniciación cristiana, como a los fieles que recuerdan el bautismo y hacen penitencia” (UN 27).

La nueva ordenación del Calendario (UN, de 1969), prefirió no situar el inicio de la Cuaresma en el primer domingo, que parecía lo más lógico, por la raigambre que a lo largo de los siglos ha tomado el miércoles de ceniza.

Las seis semanas de la Cuaresma se dividen en tres etapas, marcadas por los evangelios correspondientes: los dos primeros domingos, con las tentaciones y la transfiguración del Señor; los tres siguientes, con las catequesis bautismales de la samaritana (agua), el ciego (luz) y Lázaro (vida), propias del ciclo A, pero que se pueden seguir cada año, aunque hay otra serie de lecturas para cada ciclo; y finalmente el domingo sexto, llamado de Ramos o de Pasión, que inaugura la Semana Santa.

También las primeras lecturas de estos domingos tienen una organización interior que da un sentido especial a la Cuaresma, sobre todo en el ciclo A. son seis momentos significativos de la Historia de la Salvación: creación del mundo, Abraham, el éxodo y Moisés, Davis rey, los profetas, y el Siervo de Yahvé. Todo ello ayuda a entender la Cuaresma como un camino de creciente preparación a la celebración de la Pascua.

Las características ambientales y celebrativas de la Cuaresma, ya desde hace siglos, son la ausencia del aleluya en los cantos, la austeridad en el ornato del espacio celebrativo, sin flores ni música instrumental, el color morado de los vestidos del sacerdote (menos en el domingo cuarto, “Laetare”, en que puede usarse el color rosa); los escrutinios catecumenales (el Ritual de la iniciación de adultos pone el rito de “elección” para la última etapa catecumenal en el primer domingo de Cuaresma, y a partir de ahí varias reuniones de escrutinios); las misas estacionales en torno al propio obispo, originadas en Roma pero recomendadas para otras Iglesias en las que parezcan convenientes; el ejercicio del Via Crucis; la “confesión pascual”, la celebración del sacramento de la Reconciliación como preparación inmediata a la Pascua

Una buena motivación y descripción de la Cuaresma y su pastoral es la que nos proporciona la “Carta sobre las fiestas pascuales”, del año 1988 (CFP 6 – 26: E 4449 - 4469).[2]


[1] José Aldazábal, Vocabulario Básico de Liturgia, biblioteca litúrgica 3, Barcelona 2002³.

[2] José Aldazábal, Vocabulario Básico de Liturgia, biblioteca litúrgica 3, Barcelona 2002³.

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