Cirio Pascual
La palabra “cirio” viene del latín “cereus”, de
cera, el producto de las abejas. Al hablar de las
“candelas” aludíamos al uso humano y al sentido
simbólico de la luz que producen los cirios, también
en la liturgia cristiana.
El Cirio más importante es el que se enciende en la Vigilia Pascual como símbolo de
Cristo- Luz, y que se sitúa sobre una elegante
columna o candelabro adornado.
El Cirio Pascual es ya desde los primeros siglos uno
de los símbolos más expresivos de la Vigilia.
En medio de la oscuridad (toda la
celebración se hace de noche y empieza con las luces
apagadas), de una higuera previamente preparada se
enciende el Cirio, que tiene una inscripción en
forma de cruz, acompañada de la fecha del año y de
las letras Alfa y Omega, la primera y la última del
alfabeto griego, para indicar que
la Pascua de Cristo, principio y
fin del tiempo y de la eternidad, nos alcanza con
fuerza siempre nueva en el año concreto en que
vivimos. Menor importancia tienen los granos de
incienso que también se pueden incrustar en la cera,
simbolizando las cinco llagas de Cristo en la cruz.
Este Cirio, “para la veracidad del signo, ha de ser
de cera, nuevo cada año, único, relativamente
grande, nuncio ficticio, para que pueda evocar
realmente que Cristo es la luz del mundo” (CFP 82: E
4525).
En la procesión de entrada de la vigilia se
canta por tres veces la aclamación al Cirio: “Luz de
Cristo. Demos gracias a Dios”, mientras
progresivamente se van encendiendo los cirios de los
presentes y las luces de la iglesia. Luego se coloca
el Cirio en la columna o candelero que va a ser su
soporte, y se proclama en torno a él, después de
incensarlo, el Solemne pregón Pascual.
Además del simbolismo de la luz, tiene también el de
la ofrenda, como cera que se gasta en honor de Dios,
esparciendo su luz: “acepta, Padre santo, el
sacrificio vespertino de esta llama, que la santa
Iglesia te ofrece en la solemne ofrenda de este
Cirio, obra de las abejas. Sabemos ya lo que anuncia
esta columna de fuego, ardiendo en llama viva para
gloria de Dios… Te rogamos que este Cirio consagrado
a tu nombre, arda sin apagarse para destruir la
oscuridad de esta noche”.
Lo mismo que van anunciando las lecturas, oraciones
y cantos, el Cirio lo dice con el lenguaje diáfano
de su llama viva. La Iglesia, la esposa, sale al
encuentro de Cristo, el Esposo con la lámpara
encendida en la mano, gozándose con El en la noche
victoriosa en la que se anunciará
-en el momento culminante del evangelio- la gran
noticia de su Resurrección.
El Cirio estará encendido en todas las celebraciones
durante las siete semanas de la cincuentena, al lado
del ambón de la Palabra, hasta la tarde del
domingo de Pentecostés. Una vez concluido el Tiempo
Pascual, conviene que el Cirio se conserve
dignamente en el bautisterio, y no en el presbiterio
(CFP 99: E 4542).
Durante la celebración del Bautismo debe estar
encendido, para prender en él el cirio de los nuevos
bautizados. También se enciende el Cirio Pascual,
junto al féretro, en las exequias cristianas para
indicar que la muerte del cristiano es su propia
Pascua. Así se utiliza el simbolismo de este Cirio
en el bautizo y en las exequias, el principio y la
conclusión de la vida: un cristiano participa de la
luz de Cristo a lo largo de todo su camino terreno,
como garantía de su definitiva incorporación a la
luz de la vida eterna.
José Aldazábal,
Vocabulario Básico de Liturgia,
biblioteca litúrgica 3, Barcelona 2002³.
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