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Cirio Pascual[1]

La palabra “cirio” viene del latín “cereus”, de cera, el producto de las abejas. Al hablar de las “candelas” aludíamos al uso humano y al sentido simbólico de la luz que producen los cirios, también en la liturgia cristiana.

El Cirio más importante es el que se enciende en la Vigilia Pascual como símbolo de Cristo- Luz, y que se sitúa sobre una elegante columna o candelabro adornado.

El Cirio Pascual es ya desde los primeros siglos uno de los símbolos más expresivos de la Vigilia. En medio de la oscuridad (toda la celebración se hace de noche y empieza con las luces apagadas), de una higuera previamente preparada se enciende el Cirio, que tiene una inscripción en forma de cruz, acompañada de la fecha del año y de las letras Alfa y Omega, la primera y la última del alfabeto griego, para indicar que la Pascua de Cristo, principio y fin del tiempo y de la eternidad, nos alcanza con fuerza siempre nueva en el año concreto en que vivimos. Menor importancia tienen los granos de incienso que también se pueden incrustar en la cera, simbolizando las cinco llagas de Cristo en la cruz. Este Cirio, “para la veracidad del signo, ha de ser de cera, nuevo cada año, único, relativamente grande, nuncio ficticio, para que pueda evocar realmente que Cristo es la luz del mundo” (CFP 82: E 4525).

 En la procesión de entrada de la vigilia se canta por tres veces la aclamación al Cirio: “Luz de Cristo. Demos gracias a Dios”, mientras progresivamente se van encendiendo los cirios de los presentes y las luces de la iglesia. Luego se coloca el Cirio en la columna o candelero que va a ser su soporte, y se proclama en torno a él, después de incensarlo, el Solemne pregón Pascual.

Además del simbolismo de la luz, tiene también el de la ofrenda, como cera que se gasta en honor de Dios, esparciendo su luz: “acepta, Padre santo, el sacrificio vespertino de esta llama, que la santa Iglesia te ofrece en la solemne ofrenda de este Cirio, obra de las abejas. Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego, ardiendo en llama viva para gloria de Dios… Te rogamos que este Cirio consagrado a tu nombre, arda sin apagarse para destruir la oscuridad de esta noche”.

Lo mismo que van anunciando las lecturas, oraciones y cantos, el Cirio lo dice con el lenguaje diáfano de su llama viva. La Iglesia, la esposa, sale al encuentro de Cristo, el Esposo con la lámpara encendida en la mano, gozándose con El en la noche victoriosa en la que se anunciará

-en el momento culminante del evangelio- la gran noticia de su Resurrección.

El Cirio estará encendido en todas las celebraciones durante las siete semanas de la cincuentena, al lado del ambón de la Palabra, hasta la tarde del domingo de Pentecostés. Una vez concluido el Tiempo Pascual, conviene que el Cirio se conserve dignamente en el bautisterio, y no en el presbiterio (CFP 99: E 4542).

Durante la celebración del Bautismo debe estar encendido, para prender en él el cirio de los nuevos bautizados. También se enciende el Cirio Pascual, junto al féretro, en las exequias cristianas para indicar que la muerte del cristiano es su propia Pascua. Así se utiliza el simbolismo de este Cirio en el bautizo y en las exequias, el principio y la conclusión de la vida: un cristiano participa de la luz de Cristo a lo largo de todo su camino terreno, como garantía de su definitiva incorporación a la luz de la vida eterna.


[1] José Aldazábal, Vocabulario Básico de Liturgia, biblioteca litúrgica 3, Barcelona 2002³.

 

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