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CENIZA[1]

La ceniza, del latín “cinis”, es producto de la combustión de algo por el fuego. Muy fácilmente adquirió un sentido simbólico de muerte, caducidad, y en sentido trasladado, de humildad y penitencia. En Jonás 3, 6 sirve, por ejemplo, para describir la conversión de los habitantes de Nínive. Muchas veces se nombra junto al “polvo” de la tierra: “en verdad soy polvo y ceniza”, dice Abrahán en Gn 18, 27.

El Miércoles de Ceniza, el anterior al primer domingo de Cuaresma, (muchos lo entenderán mejor diciendo que es el que sigue al carnaval), realizamos el gesto simbólico de la imposición de ceniza en la frente, fruto de la cremación de las palmas del año pasado. Se hace como respuesta a la cuaresmal y de la marcha de preparación a la Pascua. La Cuaresma empieza con ceniza y termina con el fuego, el agua y la luz de la Vigilia Pascual. Algo debe quemarse y destruirse en nosotros – el hombre viejo – para dar lugar a la novedad de la vida pascual de Cristo.

Mientras el ministro impone la ceniza dice estas dos expresiones, alternativamente: “Convertíos y creed el Evangelio” (cf. Mc 1, 15) y “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás” (cf. Gn 3, 19): un signo y unas palabras que expresan muy bien, por una parte, nuestra caducidad y nuestra conversión, y por otra la aceptación del Evangelio, o sea, la novedad de vida que Cristo cada año quiere comunicarnos en la Pascua.


[1] José Aldazábal, Vocabulario Básico de Liturgia, biblioteca litúrgica 3, Barcelona 2002³.  

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