Aleluya
Del hebreo “hallelu-Yah”, alabad a Yah (vé),
alabad a Dios. Es una aclamación litúrgica
que nos une con los judíos, con la generación
de Jesús y con siglos y siglos de fe cristiana de
Oriente y Occidente.
Esta breve palabra es cono el resumen de toda la
oración de alabanza que elevaban a Dios tanto los
creyentes del AT, y en el NT sobre todo en el libro
del Apocalipsis (Cf. el capitulo 19).
Aunque el origen apunta a la alabanza a Dios, la
palabra se ha llegado a identificar con la alegría.
Decir “aleluya” es decir “alegría”. Musicalmente, la
última sílaba se adornaba a menudo con una
prolongación llamada de “jubilus”.
En la liturgia tiene un puesto privilegiado como
aclamación antes del evangelio: “con el aleluya la
asamblea de los fieles recibe y saluda al Señor que
va a hablarles” (OLM 23). También en la Liturgia de las Horas
tiene un momento muy expresivo: el cántico de las
vísperas segundas del domingo, en que la comunidad
canta el himno de las bodas del Cordero (Ap.19),
salpicados de gozosos aleluyas.
Pero sobre todo tiene una resonancia especial en la Vigilia Pascual. En las iglesias
del Occidente ha sido costumbre secular no cantar el
Aleluya en Cuaresma. Son cuarenta días de “ayuno” de
esta aclamación, que en la noche de Pascua se vuelve
a cantar solemnemente en el momento que se va
a proclamar el evangelio más importante del año: el
de la resurrección de Cristo.
José Aldazábal,
Vocabulario Básico de Liturgia,
biblioteca litúrgica 3, Barcelona 2002³.
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