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15 de septiembre de 2008
Queridos
hermanos:
Damos gracias
a Dios porque también este año ha querido reunirnos en esta
plaza de la vida, atrayéndonos como un Padre invita a sus hijos
a volver a su casa, puesto que nuestra casa es Su Corazón. El Corazón
del Señor del Milagro es reflejo del corazón del Padre que
nos fascina y nos convoca. El Corazón de nuestra Madre del Milagro
es cobijo y fuerza que nos impulsa.
Cada
año se renueva esta experiencia del llamado a la conversión,
que es un llamado a regresar a nuestra casa. Es una voz que escuchamos
en lo profundo de nuestro ser y que nos hace estar aquí y decir: ¡Presente! ¡Presente,
Señor, presente! Presentes con tu Madre. Presentes como hermanos.
Presentes como discípulos tuyos. Presentes y dispuestos a partir
como misioneros tuyos.
Queremos
renovar el pacto del Milagro. Nuestro pacto contigo.
Con toda
la Iglesia queremos entrar un poco más en tu Corazón para conocerte
y para conocernos, para seguirte y para comprometernos en nuestra tarea de
misioneros. Lo hacemos aprendiendo de Pablo a quien, a lo largo de este año,
recordamos y honramos.
I
“La vida que sigo viviendo en la
carne,
la vivo en la fe en el Hijo de Dios
que me amó y se entregó por mí”. (Gal 3,20)
Esta
afirmación de Pablo en la Carta a los gálatas nos identifica
y nos cuestiona.
Nos identifica porque somos creyentes, cristianos, bautizados.
Nos
cuestiona porque la afirmación lleva en sí una pregunta que
interpela nuestra fidelidad: ¿Vivo de la fe en el Hijo de Dios que
me amó y se entregó por mí? ¿Quién
es Jesús, el Hijo de Dios, para mí, para mi vida, para mi
familia, para nuestro pueblo? ¿Descubrimos en Él, el Señor
Jesús, a quien adoramos convocados por su imagen del Milagro, la
fuente de nuestra vida? Su amor y su entrega, ¿constituyen la fuente
de nuestra dignidad, de nuestra libertad y, por ello, de nuestro compromiso
y estilo de vida?
La vida
de Pablo, madurada en la fe, tiene un momento decisivo, un punto que significó un
cambio total en su vida. A partir de entonces comenzó a considerar pérdida
y basura todo aquello que antes constituía para él el máximo
ideal. Sucedió que Cristo resucitado se presenta como una luz espléndida
y se dirige a Saulo y transforma su pensamiento y su misma vida. Después
de su bautismo, en el que da su sí definitivo a Cristo, se abren sus
ojos y puede ver.
Pablo
fue renovado por la presencia irresistible del Resucitado quien lo llamó al
apostolado, hizo de él un verdadero apóstol, lo convirtió en
testigo de la Resurrección con el encargo específico de anunciar
el Evangelio a los paganos. Al mismo tiempo, San Pablo aprendió que,
a pesar de su relación inmediata con el Resucitado, debía
entrar en la comunión de la Iglesia, debía hacerse bautizar,
debía vivir en sintonía con los demás Apóstoles. “Tanto
ellos como yo, esto es lo que predicamos; esto es lo que han creído” les
dice a los corintios (1 Cor 15,1). Sólo existe un anuncio del Resucitado
porque Cristo es uno solo.
Pablo,
al abrirse a Cristo con todo su corazón se hizo capaz de entablar
un diálogo amplio con todos, se hizo capaz de hacerse todo para
todos.
Detengámonos
en el encuentro de Damasco, según lo narra del capítulo 9 del
libro de los Hechos de los Apóstoles. Pablo preguntó: “¿Quién
eres tú, Señor? “Yo soy Jesús, a quien tú persigues,
le respondió la voz. (Hch 9,5) Hoy también nosotros estamos llamados
a formular la pregunta y a dejarnos enseñar por Jesucristo.
¿Quién
eres, Señor? En el Pacto confesamos que Tú eres el camino,
la verdad y la vida, así de los individuos como de las familias,
pueblos y naciones. ¿Estamos realmente convencidos de que Cristo
es el camino, la verdad y la vida?
Nos
enseñaba el Papa Benito XVI que “sólo quien reconoce
a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y
realmente humano”1 .
La historia nos ha mostrado que cuando queremos ignorar a Dios en nuestra
vida y en la vida de nuestros pueblos terminamos destruyendo al hombre.
Todos los sistemas que ponen a Dios entre paréntesis han fracasado.
Ahora
bien, ¿quién conoce a Dios? “Nadie ha visto jamás
de Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en
el seno del Padre”. (Jn 1,18). Por eso Cristo es importante para
nosotros, para todos los hombres. Si no conocemos a Dios en Cristo y con
Cristo, la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino
y, al no haber camino, no hay vida ni verdad2 .
II
¿Cómo
conocerlo? Como sucedió con Pablo, el inicio de ese sujeto nuevo
que surge en nuestra vida y al que llamamos discípulo nace
de un encuentro con El Es un encuentro que nos impulsa a formular
la pregunta de los primeros discípulos: “Maestro, ¿dónde
vives? (Jn 1,38).
Aparecida nos
responde enseñándonos que “El encuentro con Cristo,
gracias a la acción invisible del Espíritu Santo, se realiza
en la fe recibida y vivida en la Iglesia, que es nuestra casa. ¡La
Iglesia es nuestra casa porque es la casa de Jesús! ¡Ella
existe porque Él vive en ella!
En
ella encontramos a Jesús en la Sagrada Escritura.Recordemos lo que
enseñaba San Jerónimo y que tantas veces repetimos: “Desconocer
la Escritura es desconocer a Jesucristo”. Que la Palabra de Dios
se convierta en nuestro alimento para que, por propia experiencia, veamos
que las palabras de Jesús son espíritu y vida. Sólo
en la roca de la Palabra de Dios podemos fundamentar nuestra vida de discípulos
y misioneros. Aprender a leer rezando la Palabra de Dios abrirá nuestro
corazón al Maestro, al Salvador, a la Verdad que nos da la Vida.
En
la Iglesia encontramos a Jesús en la Sagrada Liturgia, siendo la
Eucaristía el lugar privilegiado de dicho encuentro. En la Eucaristía
Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo
hacia Dios y hacia el prójimo. Ella es la fuente inagotable de la
vocación cristiana e inextinguible del impulso misionero. Ser discípulo
supone una activa participación en la eucaristía dominical
en familia.
En
la Iglesia celebramos el sacramento de la reconciliación, el lugar
del encuentro con Jesucristo que perdona, libera y devuelve la alegría
y el entusiasmo.
En
la Iglesia aprendemos el arte de la oración personal y comunitaria
que nos permite cultivar una relación de profunda amistad con Jesucristo
y procura asumir la voluntad del Padre. Aprender a orar todos los días
de los labios del maestro es una tarea de buen discípulo.
En
la Iglesia aprendemos a descubrir a Jesús presente en la comunidad
cristiana, en aquellos cuyo testimonio nos habla del amor de Dios, en los
pobres, en los enfermos, en los necesitados, en los excluidos, en el prójimo.
En el reconocimiento de la presencia y cercanía de Jesús
entre los pobres y en la defensa de los derechos de los excluidos se juega
la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo.
Celebrar
el Pacto es renovar nuestro bautismo. Celebrar el Pacto es experimentar
que el Señor Jesucristo vuelve a llamarnos desde el manantial vivificante
del sacramento de nuestro nacimiento y de nuestra incorporación
a la familia de la Iglesia.
Celebrar
el pacto es volver a encaminarnos detrás de Jesús que vive
su Pascua y aceptar los pensamientos de Dios sobre nosotros y sobre nuestra
comunidad y nuestro tiempo. Celebrar el Pacto es recordar que es necesario
ponernos detrás de los pasos del Señor y como El renunciar
a nosotros mismos, cargar con la cruz y seguirlo.
Celebrar
el Pacto es confesar gozosamente que es verdad que la vida se gana cuando
se la da y no cuando se quiere poseerla y acapararla. ¿O acaso tú,
Señor, no entregaste tu vida y resucitaste recorriendo el camino
del grano de trigo que cae en la tierra y muere dando así fruto
abundante?.
Con
la frescura de un amor fiel y con la carga fuerte y desafiante de
nuestra historia, de nuestra familia, de nuestra patria, de nuestro lugar
en la vida, celebrar el Pacto es volver a escuchar nuestro nombre de labios
del Maestro que nos dice: “Colócate detrás de mí… toma
tu cruz… sígueme”. Celebrar el Pacto es poder decirle
al Señor, tomados de la mano de Nuestra Señora: “Te
seguiré, Señor, adonde vayas” y con la fuerza del Espíritu
reemprender el camino de nuestra vida, de nuestra Salta, de nuestra Nación.
III
Queremos
reemprender el camino desde Cristo, en El, que nos reconforta, todo lo
podemos.
Queremos
reemprender el camino como Iglesia particular de Salta que quiere hacerse
eco del compromiso misionero de la Iglesia en nuestra América Latina
y el Caribe. Celebraremos el IV Congreso Misionero Arquidiocesano en el
Galpón el próximo mes de octubre. Como lo hizo América
toda en Quito, también nosotros queremos escuchar, aprender y anunciar.
Queremos madurar en la escuela de Jesucristo y vivir la experiencia de
un amor que nos sana, nos dignifica, nos impulsa, nos hace solidarios.
Queremos aprender para renovar pastoralmente nuestras parroquias y transformarlas
en verdaderos centros de acogida y de misión. Espacios de comunión
misionera que muestren en los pueblos y ciudades el amor de Dios que se
entrega y sirve a los hombres hasta dar la vida.
Queremos
reemprender el camino como Iglesia particular profundizando nuestro compromiso
con la tarea catequística. Avanzando cada día en nuestras
parroquias para ser transparentes, austeros y honestos en el compartir,
nos reafirmamos nuestro empeño de transmitir en forma sencilla y
sustancial el misterio de Cristo. La reflexión madura de la fe es
luz para el camino de la vida y fuerza para ser testigos de Cristo. Queremos
ser una Iglesia discípula y comprometida en la formación
de los discípulos del Señor para que, fundados en la roca
de la palabra de Dios se sientan impulsados a llevar la buena nueva de
la salvación a sus hermanos. Formar verdaderos discípulos
misioneros, enamorados de Cristo y convencidos que esta verdad: “sin
Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro” .
Queremos
ser una Iglesia capaz de ser familia de familias. Somos concientes de que
la familia es insustituible para la serenidad personal y para la educación
de los hijos. Los hijos tienen el derecho de poder contar con el padre
y la madre para que los cuiden, acompañen y eduquen. La familia
forma parte del bien de los pueblos y de la humanidad entera .
Nuestra preocupación por la educación quiere ser una respuesta
a las familias. Nuestro compromiso con la enseñanza religiosa en
nuestras escuelas, verdadero patrimonio de la historia de nuestra Salta,
quiere ser un servicio a las familias y a los niños.
Queremos
ser una Iglesia que ayude a cada cristiano a madurar en su compromiso ciudadano
para contribuir, con espíritu responsable, a la construcción
cotidiana de la Nación. Los argentinos debemos recorrer caminos
de libertad digna y solidaria. No seremos verdaderamente libres si no cultivamos
la libertad en la verdad de ser un pueblo, una familia. La libertad, sin
solidaridad, no es digna. La solidaridad es verdadera cuando respeta la
libertad. El ejemplo de Jesús Crucificado y Resucitado nos ayuda
a convertir toda ocasión en una oportunidad de crecer con los otros,
no contra los otros y menos a costa de los otros. Es urgente, para la construcción
de un futuro digno, empeñarnos en devolver a los vínculos
sociales, la verdad que sana, libera y dignifica. Se trata de respetar
la verdad, decir la verdad, buscarla y estar dispuestos a aceptarla.
Queremos
ser una Iglesia que sirve a la inclusión de todos. Nos duele experimentar
la fuerza destructora de la cultura de la muerte en la dolorosísima
experiencia de muchos de nuestros niños y de nuestros jóvenes
que emprenden el camino sin retorno de las adicciones a la droga, al alcohol,
o a otras formas de esclavitud. Al acercarnos a ellos y a su dolor surge
la pregunta: ¿Es que acaso alguien tiene derecho a condenar a la
muerte a nuestros jóvenes convirtiéndolos en clientes o,
peor, en mercadería? Señor del Milagro: conviértenos
en mensajeros de la vida. Da a tu Iglesia de Salta, la luz, el coraje y
la fuerza para ser misionera de la vida. Que pueda mostrarte y decirle
a nuestros niños y jóvenes: “Ustedes valen. Ustedes
tienen Padre. Ustedes tienen Madre. Ustedes son amados. En El, en Jesús,
el amor crucificado, ustedes tienen vida. Y vida plena y eterna”.
En esta tarde de septiembre que grita, mas allá del frío,
que la vida vuelve, Señor Crucificado y Resucitado, quiero pedirte
que nuestra Patria se resista eficazmente a convertirse en un patio trasero
de los que elaboran y venden muerte. Las tierras extensas y fecundas, las
posibilidades inmensas de desarrollo son un llamado al trabajo y a la superación.
Que terminen de querer imponerse los que comercian con la debilidad y con
la muerte; que no nos destruyan destruyendo a nuestros chicos y chicas.
A los que están en estos comercios de muerte les pido en nombre
de Cristo: ¿Conviértanse! ¡No pueden destruir impunemente
a los hijos de Dios!
Por último,
Señor, fijamos en Ti nuestros ojos para pedirte por la hermana Nación
de Bolivia: que tu luz ilumine a los gobernantes y a todos los habitantes
de la misma de tal modo que encuentren caminos de diálogo y de paz.
IV
A
todos los peregrinos, Señor, a todos tus devotos, concédenos
el gozo del encuentro contigo, como el de Pablo en Damasco. Haznos
experimentar el palpitar de tu Corazón amante del que brota el agua
viva del Espíritu y nos dice a cada uno: ¡Ven al Padre! De
la mano de María del Milagro, la Virgen fiel, en el corazón
de tu Iglesia, envueltos en la belleza de la tarde de septiembre, tuyos
para siempre. Amén.
Mario Cargnello
Arzobispo de Salta
BENITO
XVI, Discurso inaugural de Aparecida, Nº 3.
Los
párrafos siguientes están tomados libremente de
Aparecida Nº 243-257.
BENITO
XVI, Discurso inaugural de Aparecida, Nº 3
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