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TE DEUM

Deut 10,12-22

Sal 147,12-15.19-20 

Mt 17,22-27

  

  

Queridos amigos: 

  

            Reconocer a Dios y reconocer que sólo Dios es Dios es un signo de sabiduría, que sostiene la vida y da cohesión y armonía a los pueblos. Este país nació aceptando a Dios en aquella jornada de mayo que hoy conmemoramos,  por eso los próceres de aquella hora  quisieron elevar a Dios el himno de alabanzas y ordenaron celebrar el Te Deum.

  

            Hoy, en nuestra querida Salta, estamos renovando este gesto que nos coloca en el eje de nuestra vida personal y de nuestra vida social. Como nos enseñaba el libro del  Deuteronomio “ Al Señor, tu Dios, pertenecen el cielo y lo más alto del cielo, la tierra y todo lo que hay en ella... Teme al Señor, tu Dios y sírvelo; vive unido a él y jura por su Nombre”. 

  

            La Casa de Tucumán,  que nos convocó hace poco menos de un año para la celebración del bicentenario de la independencia continúa invitándonos a reflexionar. Mirándola, la Iglesia nos propuso organizar la casa común. ¿Desde dónde partir?. Es necesario aceptar que la calidad de vida de las personas está fuertemente vinculada a la salud de las instituciones de la Constitución, por ello, debemos fortalecer la calidad institucional como camino seguro para lograr la inclusión social[1]. 

 

            Nuestra aún joven democracia exige recrear la política y el ejercicio del poder en clave de servicio buscando que sea auténtica y representativa de los intereses del pueblo. Hemos de avanzar desde una mirada que considera a la gente como multitud que borra y anula a las personas desconociéndolas en su riqueza única e irrepetible a una actitud respetuosa del pueblo que incluye compartiendo valores y proyectos conformando un ideal de vida y convivencia[2].

 

            ¿Cómo avanzar desde la multitud a pueblo?. Me permito proponer a la reflexión de ustedes, tres puntos. Sólo he de presentarlos, confiando que podrán ser útiles.

1.      Devolver la verdad a la palabra ciudadana, a la palabra política.

2.      Redefinir el bien común.

3.      Cultivar una sana laicidad, sin miedo a fantasmas.

 

I.                   Devolver la verdad a la palabra.

 

            La definición del hombre como “animal que habla”[3] es decisiva. La palabra es el salvoconducto de ingreso en el universo humano. Mediante la palabra, el hombre penetra en los entresijos del mundo y con ello realiza su interna inclinación a conocer, interpretar, profundizar, ordenar y destinar. Además, mediante la palabra el hombre se instala en sí mismo y de alguna manera toma posesión de sí mismo. Cuando el hombre habla “se dice, se conoce, se afirma”. Por último, la palabra permite al hombre insertarse en el mundo de las relaciones humanas y sociales, hace posible la comunicación con el otro.

 

            La palabra humana busca al otro, tiene pasión por el otro, ya que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, es relación. Creado para “ser con”, el hombre busca un “tú” que le sea semejante, un “Tú” capaz de comprender y acoger la interior exigencia de darse libremente. El hombre vive para y del encuentro y la comunicación. La palabra constituye el lazo de unión por excelencia entre los seres humanos como principio original de toda renovada comunión.

 

            En la reciprocidad mutua la palabra tiende a crear la unidad del “nosotros”, es decir, una auténtica comunidad. Una comunidad que se teje, se sostiene y se recrea en la amistad y el amor. En la amistad y el amor cada uno da al otro la hospitalidad esencial, en lo mejor de sí mismo. Cada uno reconoce al otro y recibe de él aquel mismo reconocimiento sin el cual la existencia humana es imposible.

 

            La verdad y el respeto, la entrega y la acogida, dan a la palabra densidad y hacen de ella artífice de humanización. Por ello la mentira y el insulto, la falsedad y el rechazo del otro destruyen vínculos, deshumanizan a las personas porque las instrumentalizan.

 

            El círculo de relaciones humanas cultivadas por la palabra se amplía desde la relación interpersonal hasta las relaciones sociales dentro y fuera de la nación. Pero en todas ellas la palabra, si quiere servir al hombre se ha de sostener en la verdad y el respeto y debe ser vehículo de entrega y acogida mutuas. La política ha de estar al servicio de la vida y de la humanización de los ciudadanos, de todos los ciudadanos, si no se desvirtúa, se pudre, pierde su razón de ser. Por ello la política ha de respetar la entidad de la palabra, de los gestos, de las actitudes. La política no puede estar por encima del hombre sino a su servicio y para ello debe saber usar la palabra al servicio del hombre.

 

            La crisis de la política es una crisis de la “palabra ciudadana” en cuanto que la confianza en la palabra dada permite elaborar una vida en sociedad mediante la concertación, la mediación, el diálogo. Cuando la palabra se pervierte aparece la violencia, la mentira, la corrupción, o el desinterés por la vida pública.

 

Las convicciones son necesarias pero no pueden asumir una postura antidemocrática, sea como lobbying u oposición estéril.  Mentiras, insultos, agravios, engaños, trampas, descalificaciones injustas no ennoblecen al político y deterioran a la política y dañan el tejido social. Es importante devolver a la política la fuerza transformadora de la sociedad devolviendo a la palabra de los políticos densidad, honestidad, transparencia.

 

            Es necesario creer de verdad en la dignidad del pueblo y de cada ciudadano y no temer decir la verdad conocida por un diagnóstico serio de lo social, de lo económico, de lo cultural. Construir un proyecto social o político sobre slogans tan impactantes cuanto inexactos nos hace mucho daño. Engañar al pueblo con promesas que no pueden ser cumplidas es condenarlo a frustraciones que le quitan expectativas y reducen sus horizontes.

 

            Pretender el poder a costa de destruir al otro con mentiras, calumnias y descalificaciones degradantes, es retrasar la historia. La política no es tarea de belicistas resentidos sino de hombres y mujeres magnánimos que pretenden realmente el bien común. La palabra sostenida en la verdad vivida y dicha debe estar al servicio de una política que ennoblezca a nuestros dirigentes. ¿Habrá llegado la hora en que dejemos de decir “son cosas de la política” para justificar deshonestidades y mentiras y empecemos a usar la expresión “es la política” para ver en ello la propuesta de una vocación al amor más alto?

 

II.                 Redefinir el bien común

 

Enseña el Concilio Vaticano II que  “el bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección”[4]. ¿Cómo precisar ese “conjunto de condiciones de la vida social”? La Conferencia Episcopal Argentina habló de un proyecto de país dinámico que surge de consensos fundamentales que se conviertan en referencias constantes para la vida de la Nación y puedan subsistir más allá de los cambios de gobierno. De allí nace la necesidad de un diálogo que haga posible concretar acuerdos  para proyectar el futuro del país y un país con futuro. Asumir el desafío de luchar contra el problema de la pobreza que afecta a tantos hermanos nuestros,  promover una auténtica convivencia humana que impida la prepotencia de algunos y facilite el diálogo constructivo ha de favorecer un clima de amistad social[5] que nos permita descubrirnos a todos los que habitamos esta tierra como viajeros de un mismo barco que no llegará al puerto si no nos ayudamos mutuamente y menos si nos destrozamos como enemigos.

 

Se trata de construir una vida democrática de inclusión y de integración que requiere el compromiso de todos. Debemos favorecer a la persona para que sea protagonista desde su propia dignidad que implica el derecho al trabajo, la propiedad de la tierra y un techo habitable. Todos los ciudadanos debemos construir cada día el bien común que significa”el compromiso por la paz, la correcta organización de los poderes del Estado, un sólido ordenamiento jurídico, la salvaguardia del ambiente, la prestación de los servicios esenciales para las personas, algunos de los cuales son, al mismo tiempo, derechos del hombre: alimentación, habitación, trabajo, educación y acceso a la cultura, transporte, salud, libre circulación de las informaciones y tutela de la libertad religiosa”.[6]

 

III.               Cultivar una sana laicidad sin miedo a fantasmas

 

Sumergidos en un cambio de época, necesitamos aprender, entre otras cosas, a convivir con hermanos de culturas diferentes que van poblando nuestro país. Se suma a ello la creciente influencia de la cultura posmoderna que se afianza aceleradamente por efecto de la globalización. Aunque nuestro país ha sido capaz de recibir en su historia “a todos los hombres de buena voluntad que quiera habitar este suelo argentino”, el desafío de esta hora parece exigirnos un compromiso mayor.

 

Un mundo pluralista que caracteriza a nuestro país  nos interpela a la hora de responder sobre el lugar de la religión en nuestra sociedad. ¿Tiene algo que aportar la religión en la vida social, en el espacio público? Algunos lo niegan. Nuestra sociedad, al menos en el interior de nuestra patria y en la inmensa mayoría de su población, vive la dimensión religiosa de la existencia humana con tranquilidad. Surgen, sí, algunas voces que cuestionan esta situación. Han sido promulgadas en nuestro país, leyes que rechazan, de hecho, una antropología religiosa. Sería importante que evaluáramos la consecuencias de algunas de estas leyes en la salud de nuestras familias y de nuestra juventud.

 

Nuestra provincia ha sido cuestionada por la ley de enseñanza religiosa que acompaña, con rango constitucional, su historia desde 1886. Salta ha sabido adecuar la formulación de dicha ley a las exigencias de los tiempos. La ley no impone la religión católica, sino que defiende el derecho de los padres a decidir la orientación de la educación para sus hijos. La ley reconoce la dignidad del niño que no es simplemente un robot al que se incorporan datos sino un ser humano que ha de plantearse la pregunta por el sentido de su existencia. Proponer una discusión desde fuera de nuestra provincia por organismos ajenos a la misma, además de ser un atropello al federalismo constituye un retroceso histórico preocupante.

 

Se argumenta desde la laicidad retrotrayéndonos a debates decimonónicos. ¿Qué es la laicidad?. En sentido estricto es la separación de la institución religiosa y de la institución política. Ninguna gobierna a la otra y esto, gracias a Dios y a ustedes, se respeta. El debate es entre una “laicidad estrecha” que ve en toda religión un enemigo potencial de la libertad humana y una “laicidad abierta” que considera a la República como el garante del buen aporte que las religiones pueden ofrecer a la sociedad[7]. Pedimos al Señor que los responsables de resolver el conflicto planteado estén a la altura de la hora y respeten al pueblo.

 

Conclusión

 

“¿Su Maestro paga el impuesto?”. “Sí, lo paga” ... “Encontrarás en ella una moneda de plata: tómala y paga por mí y por ti”. El Maestro, el Señor, se hizo ciudadano de su pueblo, y fue un ciudadano responsable, justo. Todos queremos una sociedad mejor. A cada uno de corresponde cuidar el tejido social restañando heridas, tendiendo manos, escuchando al otro, respetando a todos. Es nuestro compromiso.

 

 

                                                                        Mario Cargnello

                                                                                       Arzobispo de Salta

 

 

           

           

 



[1] Cfr. CEA, Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad,, 14.10.2008, N° 35. A partir de ahora HBJS

[2] Cfr. CEA, El Bicentenario, Tiempo para el encuentro fraterno de los argentinos, 2016, N° 22-23. A partir de ahora, BTEF.

[3] M. HEIDEGGER, En camino hacia el lenguaje , (Traducción italiana), p.189.

[4] CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Contemporáneo, Gaudium et Spes –GS-, 74

[5] Cfr. HBJS 13-19

[6] Cfr. BTEF 36-39.

[7] Cfr. ELOY MEALLA, Reencontrar el sentido de la política,  Revista CRITERIO, n° 2435, Abril 2017, Buenos Aires, pág. 12.


 

(Foto archivo del Te Deum 2016)

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